domingo, noviembre 10, 2013

EN EL CIERRE DE CAMPAÑA DE SFEIR



Yo estoy con Alfredo, dice Alejandro, porque mi abuelo vota por él. Y yo voto por Alfredo, querido Alejandro, queridos nietos míos, Amparo, Micaela, queridos hijos Pablo, Sofía y Mariana, porque pienso en ustedes y en el país que estamos construyendo día a día, con nuestras esperanzas, con nuestras ilusiones, con los planes y sueños que en esta jornada de Chile encarna ALFREDO SFEIR.
Cuando muchos discuten sobre cómo caminar en una ruta de artificios y consumo desatado, cuando quieren decorar un camino que sabemos hacia dónde conduce, ALFREDO es la enseña viva para señalar el otro camino, aquél que nos lleva a una sociedad donde la armonía, el entendimiento, el respeto y el amor por sí mismo, por los demás y por el entorno, sean los pilares de las grandes decisiones y del diario caminar.
Hace cincuenta años, cuando era un adolescente, tuve un sueño: desde la montaña, desde el mar, desde las llanuras y el desierto, desde los campos, los pueblos y las ciudades, surgía un clamor persistente y miles de manos y ojos, manos tomadas y ojos mirándose, uniendo la voluntad y el deseo, para ocuparse de las necesidades del entorno concreto de cada uno. La tierra florecía, porque alguien – como lo hace Alfredo esta mañana, estas mañanas - alzaba la voz para decir: no hay cambio social sin cambio personal, no hay cambio personal sin cambio social.
Y despierto ya, viví los días en que pasaron por nuestra tierra chilena muchos que proclamaron la revolución. En libertad, a la chilena, democrática y popular, con y sin apellidos.
Pero dominaban la ambición de poder y la codicia, el voluntarismo y el fanatismo, la soberbia sin frenos, la convicción de ser unos los dueños de la verdad, mientras los demás se hundían en el error.
Seguimos a unos o a otros. Gritamos en las calles, pero el vacío impedía que nos entendiéramos, vimos enemigos donde había simplemente humanos.
Si alguien callaba, para escuchar, era catalogado de cobarde.
Si otro hablaba del espíritu, era un alienado.
Si un tercero llamaba a la unidad y al respeto, se le trataba como un indefinido que carecía de ideas propias.
Voces clamando, en la soledad de las calles y el desconcierto de tantos corazones, buscando unirse en un esfuerzo gigantesco: aunar voluntades para construir una nueva sociedad, aquella que se hace no sólo desde los grandes discursos, sino en el acto diario de entendimiento con nuestro entorno inmediato, con los seres vivos y sobre todo con los otros humanos con quienes compartimos aire, tierra, agua y el fuego de la esperanza.
Pero aquellos que creen ser tutores de la vida, mientras portaban la muerte en medio de sus ojos y sus manos, despreciaron la mirada al horizonte y al corazón, para hacer gemir la tierra, desde la cordillera hasta el mar, en un día de víspera de primavera. Era el dolor y el miedo que gritaban el desconcierto de que cuando debía amanecer, anocheció.
Fue de madrugada.
Una lágrima de tierra tierra, una esperanza postergada.
Fue de madrugada.
Un rayo pardo y verde oliva
flameantes las banderas, agitados los ojos de los pobres
avanzan los dolores por la tierra.
Y cuando se prometía amanecer, cayó la noche en pleno mediodía, ¿Es la entrada solemne de la patria en el crepúsculo tardío de la historia?
Mi miedo, tu miedo, el miedo nuestro. Dejan caer un rayo de violencia y un toque de clarín nos dice que todo está oscuro y terminado. Tenemos miedo y pena. Fue de madrugada anocheciendo, todo el dolor en mis rodillas, era mediodía y yo lloraba, ay Dios, Dios, ay, Dios mío, ¡ha muerto el presidente!
Todos negaban saber lo que todos ya sabíamos. Trataron de tapar la verdad y sus ojos, para ocultar su propia conciencia.
Pero desde los valles y los ríos, las montañas y los lagos, desde el mar, la cordillera y las ciudades, los pueblos, las calles, los campos, comenzó a surgir una silenciosa y bella solidaridad. Una luz que nos hace sentir que es posible una tierra libre, sana, donde vivamos hermanados los que pensamos distinto, donde nos respetemos y entreguemos lo único que de verdad tenemos: un enorme amor y una enorme esperanza.
En nuestras ciudades y campos, lloramos la ausencia de muchos.
En el recuerdo nocturno, un par de tragos:
a tus pies el Sena, Londres a tu espalda
por tu hambre y por tu sed, Madrid y Barcelona.
En el mundo se dibuja una noche holandesa con olor a cordillera,
un campo florido, con ríos y sauces, una pena guardada con ojo de niño.
Ha pasado tanto tiempo, tantas esperanzas postergadas, tanto encierro.
Y entonces ahora, cuando cumplimos cuarenta años de democracia amagada, renace la esperanza de que haya hombres y mujeres capaces de entenderse, de respetarse, de buscar en el otro no un beneficio para sí, sino un humano con quien compartir el paso por el mundo.
Se alzó desde la cordillera un nuevo mensaje… Se abrió un nuevo camino, aquel por el que podemos transitar todos nosotros, con la certeza de que es posible construir una patria para todos, incluso para los que no quieren una patria para todos.
Amanece en el planeta y lo nuevo es lo que vemos:
Alfredo Sfeir, levantando una bandera que parecía muchas veces marginal, pero que él ha sido capaz de situar en el diálogo con los que han administrado el país por demasiados años.
Porque él – yo también, todos ustedes – ha sido capaz de poner los temas importantes en el debate nacional.
Un nuevo camino, una nueva educación, una nueva economía, una nueva sociedad.
Es lo nuevo de esta hora, en la era que se inicia y de la cual somos protagonistas.
Somos los protagonistas del tránsito de una sociedad injusta, hacia una nueva realidad de justicia, fraternidad, libertad, colaboración, amor y respeto.
Cuando uno de mis camaradas de Partido me preguntó ¿Por qué votarás por Sfeir y no por nuestra candidata? Mi respuesta fue muy sencilla. Votar por un candidato a Presidente es cuestión de ética: tiene que ver con hacer lo profundamente correcto de acuerdo a las convicciones. Y desde hace muchos años esperaba que surgiera una voz que proclamara que la política sin espiritualidad no es más que un proyecto vacío de humanidad; y que la espiritualidad sin acción en la realidad, es sólo un vago deseo de conexión trascendente, pero alejado de la humanidad esencial.
¿Será Presidente Alfredo?
Él tiene ideas de transformación social y personal, de armonía entre las personas y la naturaleza, la ciudad y las comunidades.
¿Será Presidente Alfredo?
No sabemos, pero trabajamos para ello.
Estamos en una tarea que trasciende lo inmediato, porque estamos iniciando un camino que puede ser muy largo o muy lento, pero que ya está aquí, con su ruta señalada. Da lo mismo el tiempo que pase: se han abierto las compuertas y avanzamos con ALFREDO SFEIR en el nuevo camino.
Muchas gracias.

2 comentarios:

Jose Ambuchi dijo...

Jaime, te felicito por tu reflexión, creo que interpretas a muchos y especialmente muchos DC.

Saludos

José Ambuchi

gloria dijo...

Muy lindo mensaje me identifico plenamente con tu sentir