martes, diciembre 22, 2015

LA RAZÓN Y EL MISTERIO



Este texto fue publicado como columna en The Clinic en la edición del día 17 de diciembre de 2015, como una respuesta a las declaraciones de José Maza, quien se refirió a mí como “un charlatán”.
Tengo un profundo respeto por la ciencia y sobre todo por los científicos. Como humanista, creo que la gran riqueza del ser humano consiste en ser multidimensional: no se agota la persona en ninguna de sus dimensiones, sino que se expande desde cada una de ellas hacia su relación con las demás. Esta mirada, por cierto, no es nueva. La encontramos ya en los más antiguos libros de sabiduría, religiosos o no.
El trabajo de los científicos, de alta exigencia, de método riguroso, moldea personalidades y estilos de conducta que, a veces, los hace aparecer más categóricos e intolerantes de lo que corresponde, porque adhieren a sus conocimientos con una fe y una pasión más propias de otras causas: con la convicción de que se ha encontrado una verdad definitiva.
Sucede, sin embargo, que la mayor riqueza de la ciencia moderna es haber dejado en evidencia que los paradigmas y las verdades “absolutas” se desmoronan con cierta facilidad, especialmente en una época en que los datos disponibles se duplican varias veces en la vida de un ser humano.
La biología y la física, por nombrar las dos ciencias con más divulgadores, han dado cuenta de cambios profundos, relegando las verdades asumidas hace poco como incontrarrestables a desvanes en los que puede perderse hasta el recuerdo. Partículas y cuerdas, la infinita fracción de la materia, el movimiento perpetuo de la energía, el valor de las membranas celulares por sobre el ADN, la relación entre la psiquis y la salud física (las emociones y el cuerpo), son algunos de los temas sobre los cuales la ciencia ha ido cambiando, llegando a veces a rectificaciones muy profundas.
A su vez, las investigaciones arqueológicas han cambiado paradigmas al descubrirse aspectos de nuestros antepasados que eran desconocidos. La convivencia de especies humanas que antes se creían sucesivas, la existencia de ciudades donde se suponía que no las hubo, el hallazgo de bibliotecas sumerias bajo las arenas de Irak, las dudas sobre las dataciones de los templos antiguos, nos hacen pensar que estamos volviendo a descubrir nuestro pasado.
Es por eso que los científicos debieran cultivar más la virtud de la humildad, sabiendo que su inteligencia puede ser muy grande, pero las preguntas y las respuestas son más grandes y desafiantes que su propia capacidad de conocer. Si solamente aceptaran que antes de ellos existieron otros humanos que tuvieron muchos conocimientos, que hubo avances de la especie que no tienen suficientes explicaciones en la mera evolución, tal vez podrían convivir mejor.
Cuando en The Clinic se entrevista a José Maza, científico del que he tenido siempre excelentes referencias intelectuales y cuyos méritos para ser premiado no se pueden discutir, se le permite decir todo lo que piensa. Pese a que las propias disciplinas que él cultiva han dado cuenta de los cambios profundos de enfoque, él sigue creyendo que lo que sabe es todo lo que se puede saber, que sólo pueden pasar aquello que él ha probado y que la razón es la explicación suficiente para todas las cosas.
Él tiene derecho a pensar así y elevar sus disciplinas a la categoría de adoración (ya lo hicieron los revolucionarios franceses hace más de dos siglos). Lo que no me parece correcto es que se sienta con derecho a descalificar personas solo porque discrepan de sus creencias. A título gratuito y sin mediar siquiera mención de mi nombre por parte de la periodista, él me menciona y califica como “charlatán”. Su larga entrevista revela que él habla más que yo y sus opiniones dejan ver falta de sustancia suficiente.
Demuestra no sólo carecer de la humidad tan cara a los hombres y mujeres de ciencia, sino que falta de respeto por la persona. Especialmente cuando invoca una proposición de debate que le habría hecho un canal de televisión y cuyo hipotético rechazo reside en que no podría hablar con alguien como yo. Por mi parte, puedo hablar con todos, sobre todo para escucharlos.
Sigo validando la ciencia y respetando a quienes la cultivan, pero defiendo con ahínco el derecho a tener distintas miradas sobre la realidad. El cuerpo, la mente, la espiritualidad y la emocionalidad, son dimensiones humanas que no se pueden negar y nos ofrecen la posibilidad de dignificar a la persona. La convivencia social y las relaciones entre las personas reclaman respeto por las ideas, las creencias, las convicciones, pero sobre todo por y entre los seres humanos que las sostienen.
Yo trabajo con los libros de sabiduría no religiosos y estoy abierto, en mis cursos, en los talleres y en mi trabajo de atención de personas, a indagar por los misterios, el más grande de los cuales es el propio ser humano y sus procesos de desarrollo y transformación. Creo en la trascendencia y en el ser humano. La razón es parte de la respuesta, la ciencia también, pero hay otras formas de llegar al pleno desarrollo de la persona humana.

1 comentario:

Patricio Espinoza Carcamo dijo...

El que ve, cree que todo lo que ve es lo que es. Entonces no ve. El que no ve cree que todo lo que no ve, es. Entonces ese si ve. Un abrazo!